Recolectores de colores

En las entrañas del mercado central de Chillán trabaja como una hormiga obrera el pintor Víctor Sepúlveda. El ha tenido varios trabajos, pero su corazón goza y trabaja para la pintura en todas sus variantes.

Hace un tiempo creó una galería de arte que está ubicada en el corazón del mercado techado en Chillán y el teje y maneje de esta se volvió su trabajo a tiempo completo.

Esta galería ha cosechado felicitaciones por doquier.

Para tal efecto va moviendo los hilos de la vida con movimientos precisos, haciendo malabares dignos de admiración. Su ánimo ameno bajo cada circunstancia es una de sus mejores herramientas cuando contacta a aquellos que están al otro lado del mundo esperando noticias suyas.

El seguir sus sueños es su más grande desafío. Su actual proyecto lo mantiene ocupado aún en tiempos donde el covid arrebata ciertos placeres.

Uno de ellos es el placer visual: el arte plástico deja de tener la fuerza con la que empezaba a mostrarse. Esta que iba creciendo, en el último tiempo y que habíamos aunado todos juntos lo que estamos en las filas de este guerrero plástico. Eso antes del covid.

Un hombre político, con opinión, que viene de abajo y cuya mirada se ubica en lo más alto, solo hay que conversar con él sobre sus proyectos para comenzar a flotar dentro de un mundo sin límites.

Su existencia aporta una densa gota de esperanza a mis fluidos pensamientos. Una gota brillante que tiene su sello, el de Víctor. 

Seguir la pasión cobra significado en mi corazón cuando pienso el surco que ha ido forjando Víctor con su galería de arte. A pesar del distanciamiento social, se que su computadora esta prendida y que eso significa que habrá arte en mi pantalla si dejo que se prenda la luz que nos ilumina a aquellos que sentimos en el arte una pasión. 

Laura Palma
Escritora